Ha vivido a tope, pero ha sabido frenar antes de estrellarse. Blanca Romero, ex modelo, ex esposa de torero, ex cantante sin éxito, sorprende en el cine con un personaje atrapado por las drogas, el sexo y la soledad. Tras pasarse la vida huyendo, ¿ha encontrado su sitio?
"No buscan nada, ni siquiera divertirse, es el sinsentido permanente", explica ella sobre unos personajes con los que dice sentir ciertas conexiones. "En la película, todo es muy extremo, pero conozco la noche, y desde luego tengo amigos que están así. Vivimos solos, muy solos; nos dicen que hay que tener éxito, pero nadie nos avisa de lo solo que te quedas. Todo muy guay y muy divertido, pero muy patético también. Yo frené, y aunque forcé la máquina, me quise más que estos tres personajes; para ellos, nada funciona, viven en la insatisfacción permanente".
Blanca Romero habla con una extraña mezcla de confesión y desapego. Tantea el terreno con ayuda de su intuición, es confiada y buena, pero cuando le sale el mal genio es capaz de liarse, literalmente, a tortas con la valla de un parking público. "Fue entonces, después de la separación, cuando dejé a mi hija en Asturias con mis padres y me rapé la cabeza". Un gesto simbólico, de evidente autolesión, que ella justifica: "Cuando me afeité la cabeza perdí muchos trabajos, pero no me arrepentí. Estaba en un momento crítico de mi vida y no me gustaba nada de lo que me ocurría. Sin trabajo, con todas las puertas cerradas, con una imagen nefasta, sólo había alcanzado una meta horrorosa de la que no culpo a nadie. Mi vida se había detenido y estaba desesperada. Me afeité la cabeza y me liberé".
"Después de tanto tiempo, las piezas empezaron a encajar, tenía trabajo, podía mantener a mi hija y podía volver a vivir con ella". Ella cree que es actriz "por intuición, por coherencia y por sentido común". "Y porque tengo mucha vida", añade. "Yo no estudié interpretación, pero nunca me he olvidado de vivir, y si un actor necesita algo es vida, para entenderla y contarla. Para mí, interpretar no es algo ortopédico, sino algo muy natural".
Su trabajo en After sólo es el principio. Un personaje demasiado al límite, que mendiga cariño en una noche en la que nadie está dispuesto a darlo. Ana, ese personaje, pasa la noche aferrada al móvil, esperando una llamada que, por supuesto, nunca llega. El sexo como antídoto desesperado del amor que nunca ocurre y un perro herido y perdido que se cruza en su camino. "Sufre muchísimo, no tiene ninguna paz y sueña con un príncipe azul que la salve de tanta autodestrucción. Pese a todo, hay cosas que no puedo entender de ella, y por eso interpretarla me hizo más daño del que pensaba".
Blanca Romero tiene una casa en el monte Deva, ha tardado cinco años en construirla, y de todos sus ideales es el único que se mantiene en pie. "La he hecho muy poco a poco. Voy allí para perderme en el monte, para bajar el río. Me criaron en el campo y es allí donde encuentro mi calma y mi fuerza. Desde niña he soñado con esa casa. Puedo caminar horas por el monte, y es allí donde me quito la tristeza, las tonterías que tengo en la cabeza y que me distraen. Allí estoy sola con mis sueños y allí me creo que puedo alcanzarlos".
Le gusta pensar que la vida nos pone a todos en nuestro sitio y que es mejor luchar siempre que creerse definitivamente algo.
ANTES: Espacio dedicado al programa de Filosofía(1ºBach.2oo8/o9) AHORA: Tira de los cordones que abren esa ventana, coge tus principios,y te los regalas. Piensa poquito a poco lo que pretende la cobardía. Vuelve por donde huías, con dos sonrisas por cada huella.
El espectro radioelectrónico por Juan José Millás
El levantamiento del sumario del "caso Gürtel" ha destapado conversaciones telefónicas que podrían aclarar supuestas corrupciones del PP y que confirman sus formas y dudoso gusto.
Yo tendría que morirme diez veces y volver a nacer para comerle la polla a un amigo, dice uno. Doy instrucciones ahora mismo de dónde debe estar el dinero, dice el otro. Entre mañana y el viernes te doy lo que te falta, añade el primero. Necesito que le digas al presidente que éste es un hijo de puta, responde el segundo. Tenemos que hablar de lo nuestro, que lo nuestro es muy bonito, exclama éste. Claro que sí, amiguito del alma, manifiesta aquél. Todo en dinero B, tanto al año, y que no lo sepa fulano. Lo tendrás listo a primera hora. Me voy a hinchar. Ahí hay pasta para todos. Me han dicho que 1oo.ooo. ¿Por qué le tenemos que regalar 5o.ooo euros al tuerto?
Tú vas por la calle tan tranquilo y es que ni se te ocurre que por encima de ti se teje todo el rato un tapiz enorme de palabras y de frases y de diálogos que atraviesan el espectro radioeléctrico a una velocidad endiablada. Si estas palabras que viajan de teléfono móvil a teléfono móvil no fueran invisibles, formarían sobre nosotros un techo de mierda que haría de la Tierra un lugar inhabitable. Ahora bien, piensa uno que por muy invisible que sean, algo influirán sobre el estado de ánimo de los transeúntes (sobre todo, de los transeúntes de Valencia), del mismo modo que si se come uno la piel de un pollo hormonado le crecen las tetas o si respira humo le sale cáncer. Por eso mismo, un servidor de ustedes, cuando habla con alguien por el móvil, procura no parecer un gángster, al objeto de no contaminar. Si todo el mundo hiciera lo mismo, quizá la gente andaría menos crispada por la calle.
Yo tendría que morirme diez veces y volver a nacer para comerle la polla a un amigo, dice uno. Doy instrucciones ahora mismo de dónde debe estar el dinero, dice el otro. Entre mañana y el viernes te doy lo que te falta, añade el primero. Necesito que le digas al presidente que éste es un hijo de puta, responde el segundo. Tenemos que hablar de lo nuestro, que lo nuestro es muy bonito, exclama éste. Claro que sí, amiguito del alma, manifiesta aquél. Todo en dinero B, tanto al año, y que no lo sepa fulano. Lo tendrás listo a primera hora. Me voy a hinchar. Ahí hay pasta para todos. Me han dicho que 1oo.ooo. ¿Por qué le tenemos que regalar 5o.ooo euros al tuerto?
Tú vas por la calle tan tranquilo y es que ni se te ocurre que por encima de ti se teje todo el rato un tapiz enorme de palabras y de frases y de diálogos que atraviesan el espectro radioeléctrico a una velocidad endiablada. Si estas palabras que viajan de teléfono móvil a teléfono móvil no fueran invisibles, formarían sobre nosotros un techo de mierda que haría de la Tierra un lugar inhabitable. Ahora bien, piensa uno que por muy invisible que sean, algo influirán sobre el estado de ánimo de los transeúntes (sobre todo, de los transeúntes de Valencia), del mismo modo que si se come uno la piel de un pollo hormonado le crecen las tetas o si respira humo le sale cáncer. Por eso mismo, un servidor de ustedes, cuando habla con alguien por el móvil, procura no parecer un gángster, al objeto de no contaminar. Si todo el mundo hiciera lo mismo, quizá la gente andaría menos crispada por la calle.
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Reflexiones y conclusiones diarias
Sufrimos las consecuencias de la pésima actitud de dos hombres mal sentados
La bandera, si es que significa algo, resume precisamente la historia entera de una nación. No hay una bandera de Bush y otra de Lincoln. Era la misma para George Washington que para Martin Luther King, la misma en Irak que en las playas de Normandía.
Otro tanto cabe decir de un ejército. Los soldados que presentan armas en un desfile no han decidido ninguna acción de guerra, eso lo hacen los políticos. Los soldados sólo arriesgan la vida y la salud mental en ella, son los que mueren y matan, que es como morir dos veces, entre intereses económicos y geopolíticos que se les escapan. Eso es algo que un presidente o candidato debería saber también antes de utilizar una parada militar para sus propios fines electorales.
Yo puedo pensar, como otros muchos, que mejor nos iría sin banderas, sin ejércitos, sin guerras y hasta sin presidentes (y puede que sin naciones), pero yo y esos otros muchos no hacemos carrera a la presidencia, ni nos presentamos ante los demás como el santo grial de la solución de los problemas colectivos.
Winston Churchill pasó algunos de los momentos más difíciles de la historia en pijama, con un puro y hasta con un Dry Martini en la mano, pero en privado. Era su versión del descanso del guerrero. En público y frente al mundo, su inteligencia y su elegancia sujetaron buena parte de lo que entonces se llamaba el mundo libre.
Asumir responsabilidades enormes es un trabajo complicado, pero no es mucho pedirles a quienes en el futuro deseen proclamarse candidatos para tan nobles tares que, al menos, aprendan cuándo y dónde y, sobre todo, cómo sentarse.
Sentarse bien es importante. La manera en la que un individuo se sienta dice mucho de su disposición, de su interés, de su respeto. Solemos decir que los mandatarios se agarran al sillón o a la poltrona, pero esto, siendo grave, no es tan preocupante como lo mal que se sientan. Si a los críos, en la clase o en la mesa, les exigimos una postura acorde a la ocasión, cuánto más abría que exigir a aquellos que desempeñan o aspiran a desempeñar responsabilidades de Estado. Revisando ahora las imágenes de las sentadas más catastróficas en nuestra relación con nuestros aliados y amigos norteamericanos, resulta evidente (aunque evidente con demasiado retraso) por qué algunas personas no están del todo capacitadas para asumir las enormes responsabilidades para las que ellos mismos se ofrecen con más ambiciones que cordura.
En la tristemente famosa foto del rancho de Tejas, vemos a José María Aznar francamente mal sentado. Los pies en la mesa, el puro en la mano, la sonrisa autosatisfecha; en fin, la peor de las actitudes cuando uno de dispone a mandar a sus soldados a una guerra que, necesaria o no, eso ahora da lo mismo, significará la muerte, el dolor y la penuria para miles de seres humano, propios y ajenos, militares y civiles.
Todas las guerras son monstruosas, y algunas, por desgracia, inevitables, pero con independencia de que guerra se trate, la guerra es un asunto muy serio. Un asunto que requiere poner los pies en el suelo, tesar la espalda, asumir los gestos del desastre.
Uno se imagina que un presidente del Gobierno debería saber al menos eso, pero no. Se ve que algunos han suspendido en historia, antes que en idiomas, sin que eso les haya pasado factura a la hora del examen final en el cursillo acelerado de máximo mandatario.
La otra foto famosa, la del entonces candidato Zapatero sentado al paso de la bandera de EE.UU., demuestra también una falta de postura, cultura y, por qué no decirlo, educación a secas, que hacen difícil de entender cuál es la razón última que lleva a cierta gente a pensar que ellos son o deberían ser los elegidos para los altos de más alta exigencia.
Uno se imagina que un presidente o candidato a tal, sabe distinguir entre Estado y Gobierno, entre circunstancia e historia.
Tampoco vendría mal aplicarse un poquito con los idiomas...
Otro tanto cabe decir de un ejército. Los soldados que presentan armas en un desfile no han decidido ninguna acción de guerra, eso lo hacen los políticos. Los soldados sólo arriesgan la vida y la salud mental en ella, son los que mueren y matan, que es como morir dos veces, entre intereses económicos y geopolíticos que se les escapan. Eso es algo que un presidente o candidato debería saber también antes de utilizar una parada militar para sus propios fines electorales.
Yo puedo pensar, como otros muchos, que mejor nos iría sin banderas, sin ejércitos, sin guerras y hasta sin presidentes (y puede que sin naciones), pero yo y esos otros muchos no hacemos carrera a la presidencia, ni nos presentamos ante los demás como el santo grial de la solución de los problemas colectivos.
Winston Churchill pasó algunos de los momentos más difíciles de la historia en pijama, con un puro y hasta con un Dry Martini en la mano, pero en privado. Era su versión del descanso del guerrero. En público y frente al mundo, su inteligencia y su elegancia sujetaron buena parte de lo que entonces se llamaba el mundo libre.
Asumir responsabilidades enormes es un trabajo complicado, pero no es mucho pedirles a quienes en el futuro deseen proclamarse candidatos para tan nobles tares que, al menos, aprendan cuándo y dónde y, sobre todo, cómo sentarse.
Sentarse bien es importante. La manera en la que un individuo se sienta dice mucho de su disposición, de su interés, de su respeto. Solemos decir que los mandatarios se agarran al sillón o a la poltrona, pero esto, siendo grave, no es tan preocupante como lo mal que se sientan. Si a los críos, en la clase o en la mesa, les exigimos una postura acorde a la ocasión, cuánto más abría que exigir a aquellos que desempeñan o aspiran a desempeñar responsabilidades de Estado. Revisando ahora las imágenes de las sentadas más catastróficas en nuestra relación con nuestros aliados y amigos norteamericanos, resulta evidente (aunque evidente con demasiado retraso) por qué algunas personas no están del todo capacitadas para asumir las enormes responsabilidades para las que ellos mismos se ofrecen con más ambiciones que cordura.
En la tristemente famosa foto del rancho de Tejas, vemos a José María Aznar francamente mal sentado. Los pies en la mesa, el puro en la mano, la sonrisa autosatisfecha; en fin, la peor de las actitudes cuando uno de dispone a mandar a sus soldados a una guerra que, necesaria o no, eso ahora da lo mismo, significará la muerte, el dolor y la penuria para miles de seres humano, propios y ajenos, militares y civiles.
Todas las guerras son monstruosas, y algunas, por desgracia, inevitables, pero con independencia de que guerra se trate, la guerra es un asunto muy serio. Un asunto que requiere poner los pies en el suelo, tesar la espalda, asumir los gestos del desastre.
Uno se imagina que un presidente del Gobierno debería saber al menos eso, pero no. Se ve que algunos han suspendido en historia, antes que en idiomas, sin que eso les haya pasado factura a la hora del examen final en el cursillo acelerado de máximo mandatario.
La otra foto famosa, la del entonces candidato Zapatero sentado al paso de la bandera de EE.UU., demuestra también una falta de postura, cultura y, por qué no decirlo, educación a secas, que hacen difícil de entender cuál es la razón última que lleva a cierta gente a pensar que ellos son o deberían ser los elegidos para los altos de más alta exigencia.
Uno se imagina que un presidente o candidato a tal, sabe distinguir entre Estado y Gobierno, entre circunstancia e historia.
Tampoco vendría mal aplicarse un poquito con los idiomas...
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Reflexiones y conclusiones diarias
Perdonen que no me levante
"Hace cinco años que vivimos juntos, nos ha casado el sheik [autoridad religiosa], aunque el matrimonio no es válido oficialmente". Se me encogió el estómago. ¿Es bueno contigo? "Muy bueno, muy bueno. Y para una mujer como yo resulta difícil vivir sola". Tiene razón. Cuántas filipinas no sn víctimas de un chulo libanés que las obliga a prostituirse. En el servicio doméstico no son las peor paradas -hay un gran reportaje a hacer sobre la práctica esclavitud de las inmigrantes en Líbano; pero como no se trata de atentados ni de escabechinas guerreras, a nadie le importa-, porque son las que llegaron antes y han espabilado, a causa de muchos sufrimientos. Buscan y prefieren europeos para trabajar. Aunque hay excepciones -es increíble lo fácilmente que se adaptan muchos a la perversidad local-, en general somos justos con ellas.
Fuerte como un toro, esta mujer, Ginkie, trabajó en mi casa, con la ayuda de su sobrina Joy, un suspirillo de chica, hasta que un mediodía se sentó en la cocina y dijo "Uf, creo que estoy cansada". Parió día y medio después.
Es una niña y se llama Yara. Le pregunté a Ginkie por el significado del nombre y manifestó ignorarlo, pero una amiga de Facebook me ha informado de que quiere decir "la señora" y es de origen tupí.
Ahora mismo, Yara duerme como una señora en mi cama. Su madre la ha colocado en el centro, rodeada de cojines, y entretanto trabaja como siempre pero a ritmo lento. Está muy feliz. A mí, esa diminuta presencia de ojos achinados y rostro sonriente como el de su madre -los dedos de manos y pies, alargados; será alta como su padre, dice ella- me produce una extraordinaria placidez. Parece como si irradiara paz desde su dormitorio. No sabe nada, no conoce nada. Se limita a sentir. Es ajena a la maldad de este mundo, también a su bondad. Si tengo algo de tiempo por delante y este país no se tuerce demasiado, la veré crecer.
Fuerte como un toro, esta mujer, Ginkie, trabajó en mi casa, con la ayuda de su sobrina Joy, un suspirillo de chica, hasta que un mediodía se sentó en la cocina y dijo "Uf, creo que estoy cansada". Parió día y medio después.
Es una niña y se llama Yara. Le pregunté a Ginkie por el significado del nombre y manifestó ignorarlo, pero una amiga de Facebook me ha informado de que quiere decir "la señora" y es de origen tupí.
Ahora mismo, Yara duerme como una señora en mi cama. Su madre la ha colocado en el centro, rodeada de cojines, y entretanto trabaja como siempre pero a ritmo lento. Está muy feliz. A mí, esa diminuta presencia de ojos achinados y rostro sonriente como el de su madre -los dedos de manos y pies, alargados; será alta como su padre, dice ella- me produce una extraordinaria placidez. Parece como si irradiara paz desde su dormitorio. No sabe nada, no conoce nada. Se limita a sentir. Es ajena a la maldad de este mundo, también a su bondad. Si tengo algo de tiempo por delante y este país no se tuerce demasiado, la veré crecer.
La zona fantasma y los robos presentes
No se puede jurar, así pues, que en su juventud, nuestros padres no hubieran caído en la tentación de robar con el ordenador, de haber existido éstos entonces. Pero lo cierto es que conozco a numerosas personas esencialmente honradas que se descargan sin ningún problema de conciencia cuanto les apetece ver, oír, y de aquí a poco leer. Que no se dé tal problema de conciencia, -sabiéndose que no solo se hurta a la "industria cultural", a menudo abusiva, sino también a los creadores, a diferencia de lo que ocurría con los robos artesanales del pasado- se debe sobre todo a dos creencias disparatadas, desvergonzadas y nuevas, a saber: que "la cultura es de todos" y que "debe ser gratuita". A arraigarlas han contribuido más que nadie los demagógicos Gobiernos actuales, con los españoles a la cabeza (nuestro país es, tras China, el segundo del mundo en número de descargas ilegales): Aznar y Zapatero han contraído una monstruosa deuda con los artistas en general. La práctica de bajarse lo que a uno le plazca, sin peligro, sin coste las más de las veces, está ya tan arraigada, en efecto, que difícilmente tiene vuelta atrás. No es sólo que los Gobiernos no hagan nada para proteger la propiedad intelectual, o que, si toman tímidas medidas (como en Francia), los jueces se las echen abajo. Es que si a estas alturas lo intentaran -castigaran con fuertes multas las descargas, por ejemplo, no digamos el almacenamiento en los discos duros-, habría una rebelión. Ya muchos internautas se ponen como fieras en cuanto se habla de regular o controlar un poco ese no-mercado. Se ha permitido que la gente se acostumbre a lo que no lo estuvo ninguna generación anterior: a disfrutar de los productos culturales sin soltar un céntimo, a apropiárselos con impunidad y a que además esa gente crea, incomprensiblemente, que tiene "derecho" a ello. Es seguro que ya no se va a desacostumbrar.
Por tanto no veo solución al problema, que nuestros irresponsables Gobiernos han dejado madurar hasta la pudrición. Pero sí preveo lo que, puestas así las cosas, puede pasar. Quienes hacen obras artísticas, buenas o malas (escritores, músicos, cineastas), ya han estado discriminados siempre respecto al resto de la sociedad: lo que crean o inventan, lo que es más suyo que cualquier bien adquirido por cualquiera, tiene fecha de caducidad y pasará a ser del dominio público un día, a diferencia de lo que ocurre con las propiedades de todos los demás: la gente lega sus casas, tierras, fortunas, negocios, de generación en generación. A ellos, en cambio, se les impone un límite -un extraño castigo-, sin recibir envida por ello ninguna compensación. Ahora se pretende que ni siquiera cobren, mientras están aún en el mundo, de muchos espectadores o lectores que disfrutan de sus obras nada más aparecer éstas. Pero no viven del aire: como todo vecino, pagan un alquiler, la comida, el calzado y la ropa, el transporte y todo lo que los internautas abonan sin rechistar y sin considerar que tienen "derecho" a ello gratis. La mayoría empieza a escribir o a componer por lo que antes se llamaba "vocación", sí, pero no van a seguir haciéndolo tan solo por vanidad. Hay internautas que preguntan a los creadores damnificados por sus hurtos: "Pero, ¿no te halaga que centenares de millares de personas quieran ver tu película u oír tu canción y que por eso se las descarguen?" Es como preguntarle a un jamonero si no le halaga que las masas le sustraigan sus jamones de bellota, de tan ricos que están. Lo más probable es que, a la larga si no a la media, ese gran jamonero cerrara el negocio y ya no hubiera jamón.
Esto es seguramente lo que va a pasar con la cultura y el arte. Dejarán de hacerse. Llegará un día en que ya no habrá más canciones ni películas ni series de televisión ni novelas nuevas, porque a ninguno les compensará dedicar el larguísimo tiempo y el enorme esfuerzo que supone crearlas para recibir muy poco a cambio. Los internautas no van a variar ya sus costumbres, bien está; pero conviene que sepamos que somos como los cazadores insaciables que extinguen una especie o como las empresas sin escrúpulos que deforestan y emiten CO2 sin cesar, y amenazan los recursos de la tierra. Poco a poco condenamos a muerte lo que tanto amamos, la cultura y las artes, sobre todo las independientes. Tal vez la única solución sea que los Estados asuman su irresponsabilidad y acaben por financiarlas, y ofrezcan al pueblo gratis lo que éste ya se toma del sector privado, que también desaparecerá. Pero, ¿qué clase de cultura será la que dependa de los políticos? Ellos decidirán quiénes las hacen y quiénes no, y también sus contenidos, más pronto o más tarde. Un modelo soviético, o en el mejor de los casos mexicano. Un modelo dirigido, burocrático, politizado, funcionarial, en el que se premiará a los dóciles y a los amigos del Gobierno de turno, los únicos facultados para escribir libros y hacer cine o televisión. Dudo que los internautas deseen bajarse mucho de semejante producción. Nadie nos va a alterar ya nuestras costumbres adquiridas y consentidas, pero no está de más que sepamos hacia dónde vamos, más que nada para que luego sepamos lo que hay si se nos ocurre quejarnos o protestar.
Sí, todo lo expuesto anteriormente son las consecuencias derivadas de nuestros irresponsables actos al robar la propiedad intelectual de personas que trabajan incluso jornadas más largas que las de cualquiera, y que después nos ofrecen el resultado de ese trabajo para nuestro deleite. Pero con 9oo euros de sueldo, alguien nunca hubiera podido deleitarse y... también tienen derecho a aprender y culturizarse. Porque la cultura y el deleite siempre han sido para unos pocos privilegiados que se lo han podido pagar. No dejemos la responsabilidad de ese problema sobre las cabezas de quienes se las parten para llegar a fin de mes mucho más precariamente que todos los pobrecitos intelectuales que pueden pagar holgadamente sus impuestos, su calzado, su cultura...
Por tanto no veo solución al problema, que nuestros irresponsables Gobiernos han dejado madurar hasta la pudrición. Pero sí preveo lo que, puestas así las cosas, puede pasar. Quienes hacen obras artísticas, buenas o malas (escritores, músicos, cineastas), ya han estado discriminados siempre respecto al resto de la sociedad: lo que crean o inventan, lo que es más suyo que cualquier bien adquirido por cualquiera, tiene fecha de caducidad y pasará a ser del dominio público un día, a diferencia de lo que ocurre con las propiedades de todos los demás: la gente lega sus casas, tierras, fortunas, negocios, de generación en generación. A ellos, en cambio, se les impone un límite -un extraño castigo-, sin recibir envida por ello ninguna compensación. Ahora se pretende que ni siquiera cobren, mientras están aún en el mundo, de muchos espectadores o lectores que disfrutan de sus obras nada más aparecer éstas. Pero no viven del aire: como todo vecino, pagan un alquiler, la comida, el calzado y la ropa, el transporte y todo lo que los internautas abonan sin rechistar y sin considerar que tienen "derecho" a ello gratis. La mayoría empieza a escribir o a componer por lo que antes se llamaba "vocación", sí, pero no van a seguir haciéndolo tan solo por vanidad. Hay internautas que preguntan a los creadores damnificados por sus hurtos: "Pero, ¿no te halaga que centenares de millares de personas quieran ver tu película u oír tu canción y que por eso se las descarguen?" Es como preguntarle a un jamonero si no le halaga que las masas le sustraigan sus jamones de bellota, de tan ricos que están. Lo más probable es que, a la larga si no a la media, ese gran jamonero cerrara el negocio y ya no hubiera jamón.
Esto es seguramente lo que va a pasar con la cultura y el arte. Dejarán de hacerse. Llegará un día en que ya no habrá más canciones ni películas ni series de televisión ni novelas nuevas, porque a ninguno les compensará dedicar el larguísimo tiempo y el enorme esfuerzo que supone crearlas para recibir muy poco a cambio. Los internautas no van a variar ya sus costumbres, bien está; pero conviene que sepamos que somos como los cazadores insaciables que extinguen una especie o como las empresas sin escrúpulos que deforestan y emiten CO2 sin cesar, y amenazan los recursos de la tierra. Poco a poco condenamos a muerte lo que tanto amamos, la cultura y las artes, sobre todo las independientes. Tal vez la única solución sea que los Estados asuman su irresponsabilidad y acaben por financiarlas, y ofrezcan al pueblo gratis lo que éste ya se toma del sector privado, que también desaparecerá. Pero, ¿qué clase de cultura será la que dependa de los políticos? Ellos decidirán quiénes las hacen y quiénes no, y también sus contenidos, más pronto o más tarde. Un modelo soviético, o en el mejor de los casos mexicano. Un modelo dirigido, burocrático, politizado, funcionarial, en el que se premiará a los dóciles y a los amigos del Gobierno de turno, los únicos facultados para escribir libros y hacer cine o televisión. Dudo que los internautas deseen bajarse mucho de semejante producción. Nadie nos va a alterar ya nuestras costumbres adquiridas y consentidas, pero no está de más que sepamos hacia dónde vamos, más que nada para que luego sepamos lo que hay si se nos ocurre quejarnos o protestar.
NOTA:
La verdadera inquietud no viene de los autores, aunque la SGAE se haya encargado de meterles el veneno de la protesta en la vena de sus intereses; ni de los intérpretes, que cobraron su salario al acabar la película; ni mucho menos de los técnicos que lograron la calidad del sonido o de la película o de la encuadernación en el caso del libro. La verdadera inquietud se genera en los distribuidores y demás intermediarios, que son los que engordan los precios de las obras en el mercado y, por tanto, los verdaderos perjudicados por esta práctica. Propongo una rebaja en los precios de los bienes culturales a niveles donde el beneficio sea exclusivo de los autores, técnicos y un beneficio razonable para el vendedor, transportista y otros participantes del pastel. Veremos si cuando un disco de moda y calidad valga en el mercado seis u ocho euros, los internautas se molestan en pasar horas bajando música que, no nos engañemos, tiene peor calidad que el soporte original.
Sí, todo lo expuesto anteriormente son las consecuencias derivadas de nuestros irresponsables actos al robar la propiedad intelectual de personas que trabajan incluso jornadas más largas que las de cualquiera, y que después nos ofrecen el resultado de ese trabajo para nuestro deleite. Pero con 9oo euros de sueldo, alguien nunca hubiera podido deleitarse y... también tienen derecho a aprender y culturizarse. Porque la cultura y el deleite siempre han sido para unos pocos privilegiados que se lo han podido pagar. No dejemos la responsabilidad de ese problema sobre las cabezas de quienes se las parten para llegar a fin de mes mucho más precariamente que todos los pobrecitos intelectuales que pueden pagar holgadamente sus impuestos, su calzado, su cultura...
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