Alejandro encuentra el paraíso

Superó una época dura y vuelve con fuerza. Ha aprendido a valorar las cosas imortantes. Sus hijos, su gente, sus raíces. Alejandro Sanz cumple 20 años de carrera. 21 millones de discos. Y ha hallado su refugio: Una finca en Extremadura donde vivir la naturaleza. Allí pensó las canciones de su nuevo disco, "Paraíso Express".

"Exploté. Paré dos meses y estuve encerrado haciendo terapias. Hay que pensar en uno mismo".


El paisaje está rematadamente seco al final del verano. El tráfico se ralentiza con las continuas obras. Como dice Alejandro, "parece que se han pusto de acuerdo para asfaltar el mundo entero hoy".
"Estoy muy acostumbrado a la vida nómada", dice. "Me gusta tener varios sitios adonde poder ir. Los sitios van contigo cuando viajas".


"La calle es una escuela que, si sabes salir a tiempo de ella, puede ser maravillosa. Convives con la realidad más cruda. Te hace comprender determinados estilos de vida y no pensar que todo viene regalado. Yo veo a compañers que vienen de familias acomodadas y se les nota un poco, en el sentido de que no valoran tanto a los demás. No valoran determinadas acciones de la gente, el trabajo de otras personas. El barrio te da una visión más amplia de lo que hay alrededor. Te hace más sensible a determinadas cosas. Y te prepara para lo que pueda pasar. Yo no tengo una conciencia real del tiempo", asegura, "porque he vivido más deprisa de lo que normalmente se vive".

Triunfar tanto y tan pronto tiene el riesgo de llenar de presión cada paso siguiente de una carrera. Pero él asegura llevarlo bien. "No importa lo que hayas vendido antes", dice. "Cada disco es un reto completamente nuevo. La gente que compra un disco no lo hace pensando si has vendido 21 millones o no. Le gusta o no le gusta. Pero el éxito previo sirve para motivarte. Hay un montón de gente esperando a ver qué haces porque a su propio trabajo le afecta. Así que te lo planteas con más seriedad. Siempre da vértigo un papel vacío. Pero, afortunadamente, nunca he tenido una crisis creativa grande. Quizá en el segundo disco me costó más, porque me enfrentaba por primera vez al monstruo del éxito, que es un monstruo considerablemente feo, en el sentido de que asusta. El éxito asusta sobre todo cuando viene acompañado de la fama, que es muy complicada. Pero pasas eso y sigues tu camino. Y al final es lo que soy. Yo hago eso. Compongo canciones y las canto".

Marta Domínguez

Cabezona, sufridora, superdotada. Cayó en Pekín, se levantó y hoy es campeona del mundo a base de trabajo y tesón. Pero quiere más. En Londres 2o12 tendrá 36 años. "¿Y qué?".


Lleva 13 años subida al podio. ¿Se habitúa una al éxito?
Se podría decir que sí. Siempre quise ser campeona del mundo, y ser la primera no es lo mismo que la segunda, que lo he sido dos veces. Pero necesito más éxitos para seguir viviendo.


¿Nunca es bastante?
Si eres tan exigente como yo, no, siempre quieres más, hasta que digas basta, y yo quiero seguir.


Sólo le falta la medalla olímpica. Pero en Londres 2o12 tendrá 36 años. ¿Es un objetivo razonable?
He luchado mucho por un título olímpico y no ha podido ser. En Sidney 2ooo tenía opciones de ganar, me resfrié y a casa. En Atenas me lesioné. En Pekín me caí. En Londres, si no me pasa nada, podré estar con las mejores. No es problema de edad, sino de mentalidad y de que tu cuerpo aguante.


Está claro como entrena el cuerpo, ¿y la cabeza?
No sé yo lo hago innatamente. Mi antiguo entrenador me decía: "Tú estás para ganar, y me lo creía. Necesito pensar que puedo, y mi cabeza lo hace sola. No he tenido nunca psicólogo. He tenido buenos consejeros, amigos, mi familia. Sobre todo, hay que tener las cosas claras, no creerse más que nadie, y que la competición no es un juego, es mi profesión; pero si ganas, bien, y si no, también.


Mucha gente va al psicólogo para afrontar situaciones cotidianas. ¿No le ha tentado pedir ayuda para soportar la presión o el fracaso?
No. Creo que es bueno tener profesionales que te animen, te digan lo que hay, como lo han superado otros, pero si tú no eres capaz de tener la realidad delante e intentar salir, nadie te va a sacar del problema.


¿La voluntad lo puede todo?
Casi. Yo he tenido bajones, cuando me he lesionado, y hay días que no deseas ni vivir, pero al siguiente ya tienes ganas de hacer cosas. La suerte que tengo es que soy así, positiva, siempre veo el vaso medio lleno.


¿Desde niña?
He sido siempre muy cabezona y eso me ha ayudado a conseguir lo que he querido, a base de trabajo. No fui buena estudiante, pero si tenía que emplear dos horas más para sacar un cinco, lo hacía. Si te digo que voy aquí a Valladolid, a 40 kilómetros, andando, por mis narices que voy.


¿Cómo se plantea una cría de Palencia ser campeona del mundo?
No es porque tú te lo propongas, no es inspiración divina. Viene teniendo unas mínimas facultades y a base de trabajar duro.


Una cosa es jugar, pero el entrenamiento es muy duro. ¿Qué le gustaba de correr?
La primera carrera que corrí, la gané.


Y le entró el veneno.
Sí. Pero en aquella época no conocía a ningún atleta que se ganase la vida corriendo. Lo que quería es ser policía. Un poli como los de Nueva York, de los que luchan con los malos y no mueren.


Cualquiera lo diría viéndola sudar.
Yo no he trabajado nunca. A ver, he trabajado toda la vida, porque para mí esto es un trabajo. Doy mi vida para hacerlo bien. No he sacrificado nada, he elegido otro camino y ahí sí que he sacrificado lo que ha hecho falta. No ha sido una niñez normal, pero sí la que yo he querido.


Se ha casado con su novio de toda la vida, un aficionado que también es su "liebre". Él la entenderá mejor que nadie.
Bueno, al principio fue complicado. Él no sabía exactamente como me ganaba la vida. Me veía ganar, pero no sabía las horas que hay detrás, lo que hay que decansar, lo que hay que comer, las obligaciones. Y se le hizo difícil. Esto es algo a lo que nadie está acostumbrado.


¿Tan peculiar es su trabajo?
No es peculiar, es... dstinto, sobre todo porque es la mujer la que manda, la que lleva los pantalones en esta relación. La sociedad marca que el hombre mande. Y cuando la mujer es la que manda, pues es difícil.


Él es su consorte, y no al revés.
Exacto. Él no deja de ser el marido de Marta Domínguez. Yo no soy la mujer de Diego. Y le ha costado. Ahora está orgullosísimo, era normal no saber adaptarse porque la sociedad es machista y el hombre vive para mantener a la mujer, no al revés.


Y usted, ¿ha sentido discriminación por ser mujer?
Tendría que decir que no, entre comillas. Pero ni me han tratado ni me tratarán igual que a un hombre. Una mujer tiene que conseguir todos los años resultados imponentes; a la que uno se lesiona, parece que ha muerto, cuando un hombre puede desaparecer diez años, vuelve y es como que ha surgido de sus cenizas. Y para los sponsors, el hombre vende diez veces más que la mujer.


¿En atletismo?
En todo. Un tío como Fernando Alonso, antes de ganar nada ya hacía anuncios. Arantxa Sánchez Vicario ganó todo y no hizo ninguno. Gemma Mengual lo ha ganado todo, ¿y qué?


¿Por qué cree que no es atractiva para las marcas?
Por mujer, pero también por otros factores. El atletismo es un deporte minoritario. La televisión se está portando fatal. Antes salía todos los domingos. Ahora sólo las grandes pruebas. Y lo que no sale en televisión no existe.


Sin embargo, hat atletas que apasionan a las masas, como Bolt.
Sí, pero ¿cuántos? Uno o dos. Los demás hacemos lo que podemos, pero el atletismo era pobre y sigue más. Es el deporte más importante de los Juegos, pero quien tiene que poner el dinero, que son los sponsors, sólo quieren pagar lo que sale en la tele, y como el atletismo no sale, no pagan.


Hay mujeres deportistas que "venden" por su físico. ¿La imagen cuenta más que el resultado?
Por muy guapa que seas, sólo hablarán de ti en corrillos, pero si no eres buena deportivamente, no llegas a nada. Si eres una tía que está buenísima, te dedicas a otra cosa y no te matas en esto.


¿Usted se mata?
Todos los días dos veces.


Así que le enganchó la victoria.
Evidentemente. A mí me gusta ganar en todo. Si jugaba a las canicas, aunquetuviera que hacer trampa, quería ganar. Pero en atletismo no valían las trampas. Si daba lo máximo, tenía que conformarme porque no era la mejor, pero me piqué porque vi que entrenando mejoraba y podía ganar.


Ha visto pasar generaciones de rivales. ¿Cómo las ve?
Con respeto. Desde los 17 años han pasado muchas. Algunas me han ganado y luego las he ganado yo o han desaparecido. Salen nuevas, y saldrán. Es verdad que si son mejores las miras diciendo: "la madre que te parió, a ver si te retiras, o te lesionas, o algo" [ríe]. Si no estoy a tope, es imposible ganarlas.


Cuando cambió de 5.ooo metros lisos a 3.ooo obstáculos, muchos pensaron que quería evitar competencias indeseadas.
Cuando tenía 12 años y corría por la chopera no había 3.ooo obstáculos femenino. Pero ya creía que mi futuro podía ser ése. Cuando mi ciclo de 5.ooo se pasa, porque no tenía necesidad de repetir éxitos, me lesiono y replanteo mi carrera. Decido cambiar a bstáculos, voy a Pekín y pasó lo que pasó. Con tres meses de preparación, a 2oo metros de una medalla, me caigo. Eso me dio fuerzas para prepararlo más. Pero no porque sea una prueba más fácil, sin negras, eso es mentiras. Hay negras, es una prueba mucho más técnica y dura. Vas cansada, tienes que pensar, subir la pierna y seguir corriendo. Quien diga que es más floja, que corra.


¿La caída la "picó" consigo misma?
La he tenido presente todo el año, en cada entrenamiento. Nunca pensé que me podía caer. Eso me rompió los esquemas. Llegué en plena forma y me fui sin diploma. Eso duele. La semana siguiente corrí en Zúrich para acabar la carrera, para volver a sentirme atleta.


Fue como un torero al que le devuelven el toro vivo al corral.
Sí. Una sensación rara conmigo misma. Después sólo quería ganar, ser campeona del mundo. Eso es por lo que entrenas, para poder serlo.


¿Nunca ha tenido ganas de retirarse?
Hace cinco años estaba quemada, no podía más. No quería competir, ni entrenar, ni sufrir. Y dije: cuando aabe Atenas 2oo4, me voy. Pero un mes antes me rompí un tendón, estuve un año sin poder correr, y eso me dio luz para decir:mi vida es correr. Recuperé la ilusión.


Algún día tendrá que colgar las botas.
Dejaré de competir, pero no de correr. Mi cuerpo necesita soltar adrenalina, la energía que tengo, que es mucha.


¿Le "pone" correr?
Bueno [ríe], a ver... Lo necesitas, pero esto no es salir a hacer footing, es ir a trabajar. Es como una oposición. Preparar los 1oo temas cuesta muchísimo, el examen es lo más fácil.


Ha sido finalista del Príncipe de Asturias, que ha ganado la saltadora Isinbayeba. ¿Le fastidia ser segunda?
Mucho, pero como yo soy realista y sé que esos triunfos no se ganan en la pista, sino en los despachos, no me quita el sueño.


¿Cómo ve la polémica sobre Semenya, la campeona surafricana cuestionada por su género?
En el campeonato hablaron sin pruebas y me pareció fatal, una falta de respeto a ella y al atletismo. Luego parece que se ha demostrado que puede ser hermafrodita. Eso es otra historia. La federación tendrá que decir si puede o no competir cn mujeres. Los atletas no podemos comentar esa decisión, nos dañamos a nosotros mismos. La prensa sensacionalista quiere eso: sexualidad, dopaje, temas morbosos.


El deporte está cada vez más tecnificado. ¿Los superatletas son superdotados o un producto de la ciencia?
Máquinas no somos. Somos humanos con una capacidad de sufrimiento, unas ganas de competir y de ganar muy grandes. En la competición no vale todo, para eso están los comités antidopaje, que dicen: tú pasas y tú no. Pero ni yo ni nadie puede criticar a una persona que haya dado positivo: ha tomado una decisión y se acabó. Que cumpla, que pague y que vuelva. Si delinques, te juzgan y vas a la cárcel. Nadie te señala diciendo: ésa ha robado un millón. Pero a los deportistas sí. Tengo amigos que no han superado ese episodio y están marcados por siempre con el estigma de un positivo. ¿Y qué? ¿Tú no cometes errores? Yo, muchos.


Dijo que el relevo está difícil porque no ve espíritu de sacrificio en la juventud.
Peo ha habido tres chavalitos campeones de Europa júnior y eso es aire fresco. Si de crío eres bueno, muy mal se tiene que dar para que de adulto no lo seas. El campeón nace y tiene que hacerse. Pero sobre todo nace. De un mal caballo no haces uno de carreras.


Lectura: Millenium I: Los hombres que no amaban a las mujeres (Stieg Larsson)

La llamativa ausencia de compromiso emocional de la chica no era lo que más le molestaba. En el mundo empresarial la imagen resultaba fundamental y su empresa representaba una estabilidad conservadora. Ella encajaba en esa imagen tanto como una excavadora en un salón náutico.
Le costaba hacerse a la idea de que su investigadora estrella fuera una chica pálida de una delgadez anoréxica, pelo cortado al cepillo y piercings en la nariz y en las cejas. En el cuello llevaba tatuada una abeja de dos centímetros de largo. También se había hecho dos brazaletes: uno en el bíceps izquierdo y otro en un tobillo. Además, al verla en camiseta de tirantes, había podido apreciar que en el homóplato lucía un gran tatuaje con la figura de un dragón. Era pelirroja, pero se había teñido de negro azabache. Solía dar la impresión de que se acababa de levantar tras una semana de orgía con una banda de heavy metal.
En realidad, no tenía problemas de anorexia; de eso estaba convencido. Al contrario: parecía consumir toda la comudia basura imaginable. Simplemente había nacido delgada, con una delicada estructura ósea que le daban un aspecto de niña esbelta de manos finas, tobillos delgados y unos pechos que apenas se adivinaban bajo su ropa. Tenía venticuatro años, pero aparentaba catorce.
Una boca ancha, una nariz pequeña y unos prominentes pómulos le daban cierto aire oriental. Sus movimientos eran rápidos y parecidos a los de una araña; cuando trabajaba en el ordenador, sus dedos volaban sobre el teclado. Su cuerpo no era el más indicado para triunfar en los desfiles de moda, pero, bien maquillada, un primer plano de su cara podría haberse colado en cualquier anuncio publicitario. Con el maquillaje - a veces solía llevar, para más inri, un repulsivo carmín negro-, los tatuajes, los piercings en la nariz y en las cejas resultaba... humm... atractiva, de una manera absolutamente incomprensible.



<<Una chica lista pero con un carácter un poco difícil>>. Le había pedido que le diera una oportunidad a la chica, cosa que éste prometió con desgana. Ese tipo pertenecía a esa clase de hombres que sólo interpretaba un no como un motivo para doblegar sus esfuerzos, así que lo más fácil era aceptar abiertamente.
Pero se arrepintió en el mismo momento en que la conoció. No sólo le parecía problemática, a sus ojos, ella era la viva represetación del término.
Durante los primeros meses, ella trabajó a ajornada completa; bueno, casi completa. Por lo menos aparecía de vez en cuando por su lugar de trabajo. No se preocupaba lo más mínimo del horario ni de las rutinas normales de la oficina.
En cambio, poseía un gran talento para sacar de quicio a los demás empleados. Se ganó el apodo de <<la chica con dos neuronas>>: una para respirar y otra para mantenerse en pie. Nunca hablaba de sí misma. Los compañeros que intentaban conversar con ella raramente recibían respuesta y enseguida desistían. Los intentos de broma nunca caían en terreno abonado: o contemplaba al bromista con grandes ojos inexpresivos o reaccionaba con manifiesta irritación.
Además, tenía la fama de cambiar de humor drásticamente si se le antojaba que alguien le estaba tomando el pelo, algo bastante habitual en aquel lugar de trabajo. Su actittud no invitaba ni a la confianza ni a la amistad, así que rápidamente se convirtió en un bicho raro que ronroneaba como un gato sin dueño por los pasillos. Los dejaron por imposible: allí no había nada que hacer.



Al cabo de un mes de constantes problemas la llamó a su despacho con el firme propósito de despedirla. Cuando le dio cuenta de su comportamiento, ella lo escuchó impasible, si nada que objetar y sin ni siquiera levantar una ceja. Nada más terminar de sermonearla sobre su << actitud incorrecta>>, y cuando ya estaba a punto de decirle que, sin duda, sería buena idea que bucara trabajo en otra empresa que <<pudiera aprovechar mejor sus cualidades>>, ella lo interrumpió en medio de una frase. Por primera vez hablaba enlazando más de dos palabras seguidas.
 - Oye, si necesitas un conserje puedes ir a la oficina de empleo y contratar a cualquiera. Yo soy capaz de averiguar lo que sea de quien sea, y si no te sirvo más que para organizar las cartas del correo, es que eres un idiota.
Todavía se acordaba del asombro y de la rabia que se apoderaron de él mientras ella continuaba tan tranquila:
- Tienes un tío que ha tardado tres semanas en redactar un informe, que no vale absolutamente nada, sobre un yuppie al que piensan reclutar como presidente de la junta directiva en esa empresa puntocom. Hice las fotocopias de esa mierda anoche y veo que ahora lo tienes aquí delante.
- No debes leer informes confidenciales.
- Probablemente no, pero las medidasde seguridad de tu empresa dejan mucho que desear. Según tus instrucciones, él mismo debería fotocopiar ese tipo de cosas, pero anoche, antes de irse por ahí a tomar algo, me puso el informe en mi mesa. Y, dicho sea de paso, su anterior informe me lo encontré en el comedor hace un par de semanas.
- ¿Qué? -exclamó perplejo.
- Tranquilo. Lo metí en su caja fuerte.
- ¿Te ha dado la combinación de su archivador privado? -preguntó sofocado.
-No, no exactamente. Lo tiene apuntado en un papel que guarda debajo de la carpeta de su mesa, junto con el código de su ordenador. Pero lo que importa aquí es que ese payaso de investigador a hecho una investigación que no vale una mierda. Se le ha pasado que el tipo tiene unas deudas de juego que son una pasada y que esnifa coca como una aspiradora; además, su novia tuvo que buscar protección en un centro de acogida de mujeres después de que él la zurrara de lo lindo.
 Ella se calló. Él permaneció en silencio hojeando unos minutos el informe en cuestión. Al final, levantó la mirada y dijo tan sólo una palabra: <<Demuéstralo>>.
- ¿Cuánto tiempo tengo?
- Tres días. Si no pedes probar tus afirmaciones, el viernes por la tarde te despidiré.

Tres días más tarde, sin pronunciar palabra, le entregó un informe elaborado a partir de numerosas fuentes en el que ese joven yuppie, aparentemente tan simpático, se revelaba como un cabrón de mucho cuidado. Leyó el informe varias veces durante el fin de semana y se pasó parte del lunes comprobando algunas de las afirmaciones sin poner mucho empeño en ello, ya que antes de empezar sabía que la información resultaría correcta.
Estaba desconcertado y furioso consigo mismo porque, evidentemente, la había juzgado mal. La había considerado tonta, e incluso tal vez retrasada. No esperaba que una chica que se había pasado los años de colegio faltando a clase, hasta el punto de que ni siquiera le dieron el certificado escolar, redactara un informe que no sólo era lingüísticamente correcto sino que, además, contenía observaciones e informaciones que no entendía en absoluto como podía haber conseguido.

Al cabo de algún tiempo le quedó claro que ella no tenía ninguna intención de hablar de su método de trabajo, ni con él ni con nadie. Eso le preocupaba, pero no lo suficiente como para poder resistirse a la tentación de ponerla a prueba.
Recordó las palabras de aquel hombre cuando le pidió que le diera trabajo: <<Todas las personas tienen derecho a una oportunidad>>. Pensaba en su propia educación musulmana, de la que había aprendido que su deber ante Dios era ayudar a los necesitados. Es cierto que no creía en Dios y que no visitaba una mezquita desde su adolescencia, pero veía a aquella chica como una persona necesitada de ayuda y de un firme apoyo. Además, a decir verdad, durante las últimas décadas no había cumplido mucho con su deber.

En vez de despedirla, la convocó a una entrevista personal, durante la cual intento comprender de que pasta estaba hecha la problemática chica. Reforzó su convicción de que sufría algún tipo de trastorno grave, pero también descubrió que bajo su arisca apariencia se ocultaba una persona inteligente. Por una parte, la veía frágil e irritante, pero, por otra, y para su sorpresa, empezaba a caerle bien.



Durante los meses siguientes, la tuvo bajo su protección. Para ser sincero consigo mismo, lo cierto es que la acogió como si se tratara de un pequeño proyecto social. Continuaba siendo un motivo de irritación para los demás trabajadores de la empresa. Él era consciente de que no habría aceptado que cualquier otro empleado fuera y viniera como le diera la gana; en otras circunstancias, le habría dado un ultimátum exigendo una rectificación. También sospechaba que si le diera un ultimátum o la amenazara con un despido, ella sólo se encogería de hombros, y no la volvería a ver. Así que se veía obligado a deshacerse de ella o a aceptar que no funcionaba como los demás.

Un problema aún mayor para él constituía el hecho de no tener claro sus propios sentimientos hacia la joven. Era como un picor molesto, repulsivo pero al mismo tiempo atrayente. No se trataba de una atracción sexual; por lo menos, no lo consideraba así. Las mujeres a las que solía mirar de reojo eran rubias con muchas curvas y con labios carnosos que despertaban su imaginación; además, llevaba veinte años casado con una finlandesa llamada Ritva, que todavía, a su meduana edad, cumplía de sobra con esos requisitos. Nunca había sido infiel; bueno, puede que en alguna ocasión hubiera ocurrido algo que su mujer podía malinterpretar en el caso de enterarse, pero el matrimonio vivía feliz y tenía dos hijas de la edad de la chica ésta. De todas maneras, no le interesaban las chicas sin pecho que, a distancia, podrían confundirse con chicos flacos. En fin, no era su tipo.
Aún así, había empezado a sorprenderse a sí mismo con fantasías inapropiadas sobre aquella chica y reconocía que no se sentía del todo indiferente cerca de ella. Pero la atracción, pensaba, radicaba en que le parecía un ser extraño. Representaba una vida irreal, que le fascinaba, pero que no podía compartir  y en la que, de todos modos, ella le prohibiría participar.


Una tarde, en la terraza de un café, ella estaba sentada de espaldas a él y no se dio la vuelta ni una sola vez, así que, aparentemente, ignoraba por completo que él estuviera allí. Se sentía extrañamente molesto ante su presencia y cuando, al cabo de un rato, se levantó para desaparecer imperceptiblemente, de repente ella volvió la cabeza y lo miró de frente, como si todo el tiempo hubiera sabido que estaba allí, dentro del radio de alcance de su radar. Su mirada fue tan repentina que la interpretó como un ataque y, al abandonar la terraza con pasos apresurados, fingió no haberla visto. Ella no lo saludó, pero lo siguió con la vista y hasta que dobló la esquina sus ojos no dejaron de abrasarle la espalda.

Aquella chica apenas se reía. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, él pareció notar una actitud un poco más relajada por su parte. Tenía un sentido del humor seco -por no decir otra cosa-, que, de vez en cuando producía una torcida e irónica sonrisa. A veces se sentía tan irritado por su falta de repuesta emocional que le entraba ganas de agarrarla y sacudirla para traspasar su coraza y ganarse su amistad o, por lo menos, su respeto.
En una sola ocasión, cuando ya llevaba nueve meses en la empresa, intentó hablar de esos sentimientos con  ella durante las fiestas de Navidad.  No sucedió nada inadecuado; en realidad, solo quiso decir que le caía bien; sobre todo, explicarle que sentía un instinto protector hacia ella y que, si alguna vez necesitaba ayuda siempre podría dirigirse a él con toda confianza. Incluso hizo ademán de abrazarla. Amistosamente, por supuesto.
Ella se zafó de su torpe abrazo y abandonó la fiesta. Después no apareció por la oficina ni contestó al móvil. Vivió su ausencia como una tortura, casi como un castigo personal. No tenía con quién hablar de sus sentimientos y, por primera vez, con una claridad aterradora, se dio cuenta del poder que la extraña muchacha ejercía sobre él.


Tres semanas después, una noche de enero, ya tarde, en la que se había quedado en su despacho para revisar el balance anual; volvió. Entró tan imperceptiblemente como un fantasma; de repente, él advirtió que, a dos pasos de la puerta, alguien le estaba observando desde la penumbra. Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí. Después de cerrar la puerta con la punta del pie y sentarse en una silla, lo miró directamente a los ojos. Luego le hizo la pregunta prohibida de tal manera que le resultó imposible desviarla on una broma o evitarla:
- ¿Yo te pongo?
Se quedó como paralizado mientras buscaba desesperadamente una respuesta. Su primer impulso fue negarlo todo con aire ofendido. Luego vio su mirada y se dio cuenta de que por primera vez, le había hecho una pregunta íntima. Sonaba seria y si intentaba esquivarla con una broma, se lo tomaría como un insulto personal,. Quería hablar con él; se preguntó cuánto tiempo llevaría armándose de valor para soltarle la pregunta. Lentamente, dejó su bolígrafo en la mesa, y se echó hacia atrás en la silla. Al final, acabó relajándose.
- ¿Qué te hace pensar eso? -le preguntó.
- Tu modo de mirarme y el de no mirarme. Y las veces que has estado a punto de extender la mano para tocarme y te has detenido.
De repente él sonrió.
- Por alguna razón que no entiendo te quiero mucho. Pero no me pones.
- Bien. Porque nunca pasará nada entre tú y yo.
De repente él se rió. Por primera vez, ella le había dicho algo personal, aunque fuese la respuesta más negativa que un hombre podía oír. Intentaba buscar las palabras adecuadas.
- Oye...
- Espera -dijo levantando una mano-, déjame hablar. A veces eres idiota y un burócrata insoportable, aunque, al mismo tiempo, me pareces un hombre atractivo y... Pero eres mi jefe; además, conozco a tu mujer y quiero conservar este trabajo. Lo más estúpido que podría hacer sería tener un rollo contigo. Soy consciente de lo que has hecho por mí y te estoy muy agradecida. Aprecio que hayas demostrado estar por encima de tus prejuicios y que me hayas dado una oportunidad. Pero ni te quiero como amante ni eres mi viejo.
- No eres alguien que incite a la amistad - le soltó él de repente. La notó un poco apesadumbrada pero, aun así, continuó implacablemente-. Ya he entendido que no quieres que nadie se meta en tu vida e intentaré no hacerlo. Pero ¿me dejas que de siga teniendo cariño?
Al parecer la chica lo meditó durante un buen rato. Luego, a modo de respuesta, se levantó, bordeó la mesa y le dio un abrazo. Se quedó totalmente perplejo. Cuando ella lo soltó, cogió su mano y preguntó:
- ¿Podemos ser amigos?
Ella asintió con un solo movimiento de cabeza.
Fue la única vez que le mostró algo de ternura, ya la única vez que lo tocó. Un momento que él recordaba con mucho cariño.
Cuatro años después seguía sin revelarle practicamente nada sobre su vida privada ni sobre su pasado. En una ocasión aplicó sus propios conocimientos para investigarla personalmente; y lo que descubrió no contribuyó precisamente a aumentar su confianza en ella. Nunca jamás lo comentó con ella, ni le dio a entender que había estado husmeando en su vida privada. Más bien al contrario, ocupó su preocupación y aunmentó el nivel de alerta.

La aceptaba tal y como era, pero no le permitía tratar personalmente con los clientes. Hacía escasas excepciones a la regla, y el asunto del día, desgraciadamente, pertenecía a esa categoría.
- No se deje engañar por su juventud. Es, sin duda, nuestra mejor investigadora.
- Estoy convencido de que así es -contestó el cliente, con una voz seca que insinuaba todo lo contrario-. Cuénteme a la conclusión a la que ha llegado.
Resultaba evidente que el abogado no tenía ni idea de como tratarla y que intentaba encontrar un terreno más familiar dirigiéndole la pregunta a él, como si ella no se encontrara en el despacho. En esto que la chica aprovechó la ocasión e hizo un gran globo con su chicle. Antes de que pudiese contestar ella miró a su jefe como si el abogado no existiese.
- Pregúntale al cliente si quiere la versión corta o la larga.
El hombre se dio cuenta enseguida de que había metido la pata. Se produjo un silencio incómodo y breve; finalmente se dirigió a ella, y en un tono amablemente paternal, intentó remediar su error.
- Agradecería que la señorita me hiciera un resumen oral de sus conclusiones.
La chica parecía un depredador núbil y malvado que contemplaba la posibilidad de pegarle un bocado para ver si le servía de almuerzo. Había tanta hostilidad en su mirada que al abogado le recorrió un escalofrío por la espalda. De repente el rostro de la joven se relajó. El hombre se preguntaba aún si la expresión de esos ojos habría existido sólo en su imaginación.


Sálvame

¿Recuerdas cuando eras pequeña y creías en los cuentos de hadas? Fantaseabas sobre como sería tu vida, con un vestido blanco y tu príncipe azul llevándote a su castillo sobre las colinas... por la noche te echabas en la cama cerrabas los ojos y te abandonabas a tu fe. Santa Claus, el ratoncito Pérez, el príncipe azul estaban tan cerca que los saboreabas, pero vas creciendo y un día abres los ojos y los cuentos de hadas han volado, la mayoría de la gente acude a aquello en lo que confía, en lo seguro y palpable. La cuestión es que es difícil dejar que los cuentos de hadas desaparezcan, a casi todo el mundo le queda una mínima esperanza de que un día abrirá los ojos y verá que se han hecho realidad.


Cuando el día llega a su fin la fe es un misterio, aparece cuando menos te lo esperas; es como si un día te dieras cuenta que los cuentos no son exactamente como habías soñado, el castillo puede que no sea un castillo; no es tan importante eso de ser felices para siempre, basta con ser felices en el momento.


A veces, muy de vez en cuando, la gente puede darte una grata sorpresa; de vez en cuando, la gente te deja sin respiración.

El botón de auto-destrucción

El que diga que ya habrá tiempo de dormir cuando te mueras, que venga y hable después de pasar unos meses conmigo. Aunque... no es solo el trabajo lo que nos tiene en vela toda la noche.

Si la vida es ya dura de por sí, ¿por qué nos metemos en más líos?, ¿por qué esa necesidad de pulsar el botón de autodestrucción?


Puede que nos guste el dolor. Quizá nazcamos con él. Porque sin él..., no sé, quizás no nos sentiríamos reales.

Porque siempre tropezamos con la misma piedra, porque uno se siente bien cuando deja de hacerlo.